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En memoria del “hombre del agujero”: el derecho de vivir en paz | #EmergenciaEnLaTierra 🌎

Valeria Foglia
Valeria Foglia
En memoria del “hombre del agujero”: el derecho de vivir en paz
Nadie sabe su nombre ni tiene detalles sobre su tribu. No se conoció su edad, pero sí que vivió las últimas tres décadas huyendo. Aunque con buenas intenciones, las imágenes que se tienen de él fueron tomadas a escondidas y sin consentimiento. Jamás pronunció palabra que lo pudiera identificar con alguna etnia, pero hay algo que nadie pudo ignorar: no quería ser contactado. El “hombre del agujero”, como se conocía al único habitante del territorio indígena de Tanaru, al sur del estado brasileño de Rondônia, fue encontrado muerto el 23 de agosto en una hamaca al interior de su choza. Era el último de su tribu, un símbolo del genocidio indígena en esa “isla de selva” en un océano de deforestación y haciendas agroganaderas.
Algunos medios lo llamaron “el hombre más solitario del mundo”, una visión cuasi romántica en la que la soledad fue una libre elección y no el resultado de la matanza de toda su gente. El indigenista Marcelo dos Santos, que durante décadas monitoreó el territorio y denunció los ataques de los latifundistas, declaró que el hombre murió por “causas naturales”, cubierto de plumas de guacamayo. “Estaba esperando la muerte, no había signos de violencia”. Se indicó que, tras la autopsia, sería sepultado en su tierra. 
Emergencia en la Tierra conversó con Laura de Luis, portavoz de Survival International: “Nunca sabremos cómo escapó de los ataques. Lo que tampoco alcanzaremos a imaginar jamás es el sufrimiento inmenso que lo acompañó durante veintiséis años, sus recuerdos de la masacre de su pueblo, tantísimo dolor evitable. Pero lo que sí sabemos es que con su muerte se consuma el genocidio de todo un pueblo amazónico. Es una pérdida tremenda para toda la humanidad”.
The Last of his Tribe on Vimeo
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El último de su tribu
El único registro fílmico donde aparece el indígena Tanaru es el documental Corumbiara (2009), que Vincent Carelli filmó durante dos décadas. Allí se muestra a comunidades ancestrales –los akuntsu y los kanoê– a las que se busca expulsar para apropiarse de sus tierras y recursos
Esta dinámica de exterminio fue facilitada desde finales de la década de 1960, cuando la dictadura militar remató entre empresarios paulistas la región de Corumbiara, codiciada por las tierras fértiles donde hoy se multiplican las plantaciones de soja. Así, los pueblos indígenas no contactados quedaron entre “los más vulnerables del planeta”, afirma Laura de Luis de Survival. 
El “hombre del agujero” fue testigo y sobreviviente de al menos dos masacres –en 1985 y 1996– que explican por sí solas su aprensión al hombre blanco. Desde mediados de la década de 1990 la Fundación Nacional del Indio (Funai) encontró restos de sus malocas, pequeñas chozas construidas con hojas de palma, palos y hoyos de tres metros cuyo sentido no es posible determinar. Para algunos, eran su escondite de ganaderos, madereros y mineros; para otros, tenían fines religiosos. De Luis los considera “prueba, probablemente, del profundo trauma que sufría”. 
Pese a la evidencia, durante mucho tiempo los hacendados negaron la existencia de comunidades aborígenes, cuando no buscaron borrar todo indicio de su expulsión. En junio de 1996 el aborigen fue visto por primera vez por la Funai, que el año siguiente, a través del Frente de Protección Etnoambiental Guaporé, dispuso una restricción de uso sobre los territorios que habitaba. 
Aunque no impidió que el indígena debiera huir con frecuencia de sus chozas por los ataques de sicarios, la medida de protección fue renovada sucesivamente por vía judicial. La delimitación actual se rige por la Ordenanza de Protección Territorial 1040/2015, que hasta 2025 impide el acceso, la circulación y la permanencia de extraños en esas ocho mil hectáreas.
Para Laura de Luis es “un mecanismo de emergencia para proteger territorios habitados por pueblos indígenas no contactados que no han sido demarcados y, por tanto, no cuentan con ninguna otra forma de protección”. 
Para mantener la ordenanza, durante casi tres décadas el equipo de Funai debió monitorear y fotografiar al indígena de Tanaru para probar que seguía vivo. Muchas de esas incursiones finalizaron abruptamente cuando los “intrusos” fueron sorprendidos por flechazos desde el interior de las pequeñas malocas donde moraba. 
En el monitoreo del 23 de agosto a Altair Algayer le tocó comprobar su deceso. El Observatorio de Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas Aislados y de Reciente Contacto (OPI) lo describe como “el representante de los ‘blancos’ con quien más relación tuvo este individuo en vida. Fue de él y su equipo que recibió algunas herramientas y semillas para que pudiera mejorar su calidad de vida. Altair respetó y aseguró su autonomía, nunca intentó un acercamiento forzado, siempre respetó sus decisiones de aislamiento, considerándolo la máxima expresión de su voluntad”.
Fuente: MapBiomas.
Fuente: MapBiomas.
Guerra a la naturaleza y sus guardianes
En Brasil, los enemigos de la naturaleza y los pueblos indígenas avanzaron casi sin freno en los últimos treinta y siete años. De acuerdo a MapBiomas, entre 1985 y 2021 el país perdió el 13,1 % de su vegetación nativa –bosques, sabanas y otras formaciones no forestales–. Toda la evidencia apunta al agronegocio, que hoy representa un tercio del uso de la tierra a nivel nacional.
Rondônia, el estado habitado por “el hombre del agujero”, fue el cuarto más deforestado en la Amazonia Legal en julio de 2022, informa la ONG Imazon. Entre agosto de 2021 y julio de 2022 la destrucción de vegetación nativa fue récord en quince años, una marca que se ha ido superando desde 2019, cuando el ultraderechista Jair Bolsonaro asumió como presidente.
La vocera de Survival también apunta al mandatario brasileño: “Ha declarado la guerra a los pueblos indígenas del país”. Lo acusa de promover el robo y la destrucción de los territorios habitados por las comunidades, así como de “estrangular” a los organismos gubernamentales que velan por sus derechos, como la propia Funai. En ese marco se inscribe la desvinculación en octubre de 2019 del experto indigenista Bruno Pereira, constantemente amenazado por bandas criminales ligadas al saqueo de la Amazonia.
Este junio, mientras había una conmoción mundial por la desaparición de Pereira y el corresponsal británico Dom Philips en el valle del Javari –una de las tierras indígenas más grandes de Brasil–, Bolsonaro los calificó de “imprudentes”. Días después, un pescador confesó haber asesinado a tiros a los dos hombres.
En campaña por la reelección, el presidente hizo un balance ficticio en el que su Gobierno protege la Amazonia y a sus pueblos originarios. En los últimos meses hasta ha llegado a polemizar al respecto con Leonardo DiCaprio, quien señalaba que la deforestación amazónica había aumentado durante su gestión.
El sitio Fakebook, lanzado recientemente para combatir la desinformación ambiental en Brasil, compiló los “delirios” de la propuesta de gobierno de Bolsonaro y apuntó que, más que “promesas” de campaña, lo suyo son “amenazas”. Una es muy concreta: busca desmantelar el monitoreo satelital de la Amazonia realizado por el Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE), un organismo al que atacó y desfinanció religiosamente.
Bolsonaro no solo es un enemigo de la biodiversidad: también de sus principales defensores, los pueblos originarios. “Es una persona extremadamente cruel con la naturaleza”, lo definió Tonico Benites, líder del pueblo guaraní kaiowá de Mato Grosso del Sur. Con la destrucción ambiental, dice, llegan las enfermedades. “Muchos pueblos indígenas están muriendo junto con los bosques, y los no indígenas también están siendo afectados como resultado de esa destrucción porque comienzan a respirar aire contaminado”. 
De Luis no tiene dudas: “Si el presidente Bolsonaro y sus aliados del agronegocio se salen con la suya, esta historia se repetirá una y otra vez hasta que todos los pueblos indígenas del país sean aniquilados”. Y agita: “Necesitamos que una marea ciudadana se movilice" en apoyo de estos.
Corumbiara on Vimeo
Corumbiara on Vimeo
Diversidad humana
“Ningún hombre es una isla”, escribió el poeta John Donne, comparando la humanidad con un continente del que nadie puede separarse. Solo basta ser humano para formar parte de esa “masa de tierra” consolidada. La esencia de esta bienintencionada idea es que las personas se necesitan unas a otras y, de hecho, están mejor juntas que separadas. Pero ¿qué pasa cuando un grupo humano desea vivir según su propia cosmovisión, sin contacto con lo que algunos llaman “sociedad mayoritaria”?
Si se respeta su derecho a la tierra, son “totalmente autosuficientes” para lograr su bienestar, acota De Luis. El propio indígena de Tanaru “se las arregló para vivir solo, cazando y cultivando frutas y verduras”. Durante décadas Funai recopiló fotografías de sus chozas y huertos con cultivos de maíz, papaya, mandioca y plátano, así como imágenes de sus trampas para animales, unos hoyos de hasta dos metros en los que clavaba estacas afiladas. 
Es que no hay una única forma de ser humano: algunos sí son islas, y sus comunidades-archipiélagos son tan parte de la humanidad como aquellas integradas al “continente”. Para la referente de Survival, la muerte de este indígena es una llamada de atención para comprender y valorar la diversidad humana. Contra la idea de que estos pueblos sean “reliquias primitivas de un pasado remoto”, afirma que “viven aquí y ahora. Son nuestros contemporáneos”. 
Una perspectiva académica y mediática tributaria del colonialismo sigue etiquetando a estas comunidades originarias como “tesoros antropológicos”, piezas de museo o rastros de un “pasado primitivo” ajeno a la idea que se tiene de la humanidad. Sin embargo, De Luis sostiene que, en tanto “expertos conservacionistas”, los indígenas son claves para pensar el futuro.
El propio Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) reconoció que esta crisis socioambiental obliga a mirar más de cerca las prácticas milenarias. “Cuentan con un vasto conocimiento botánico y zoológico, y una comprensión única de lo que es una vida sostenible. Hay evidencias irrefutables de que los territorios indígenas son la mejor barrera contra la deforestación, especialmente en la selva amazónica”, dice De Luis. Los datos de MapBiomas le dan la razón: en los últimos treinta años las tierras indígenas perdieron apenas el 1 % de su vegetación nativa, mientras en las privadas la cifra llega al 20,6 %.
Así como, en palabras del norteamericano Fredric Jameson, crítico literario marxista, por alguna “debilidad” nos “parece más fácil imaginar el deterioro total de la Tierra y la naturaleza que el desmoronamiento del capitalismo tardío”, también parece distante la idea de aprender de las experiencias preexistentes, transmitidas de generación en generación. Es lo que la portavoz de Survival identifica como un empeño en “uniformizar” el planeta.
Fotograma de la película Corumbiara, de Vincent Carelli.
Fotograma de la película Corumbiara, de Vincent Carelli.
El legado del “hombre del agujero” 
Todavía no está claro qué puede suceder más allá de 2025, pero De Luis advierte que hace tiempo el Gobierno de Bolsonaro tiene en la mira estas ordenanzas. Desde OPI proponen que la tierra indígena Tanaru siga cerrada al menos hasta que se realicen estudios arqueológicos y antropológicos sobre la cultura material y su modo de ocupación ambiental. También piden que se conserve lo que queda del bosque como memorial y testimonio “de la triste historia de otro pueblo violentamente condenado a desaparecer”, “para que nunca se repita”. La vocera de Survival adelantó que apoyan esta petición. 
Según datos de la organización, hay más de un centenar de pueblos indígenas no contactados a nivel mundial, y Brasil tiene la mayor concentración. “Una treintena confirmados, aunque podrían ser bastantes más”, reconoce De Luis, repartidos en Rondônia, Acre, Mato Grosso, Amazonas, Roraima y Maranhão. Para todos ellos la amenaza de “genocidios silenciosos y ocultos” está latente a medida que los ataques se vuelven más violentos. 
Con la muerte del “hombre del agujero” desapareció su tribu. De Luis expresa que, aunque en el corto plazo las perspectivas sean “descorazonadas”, gracias al movimiento indígena en las últimas décadas se vieron “logros impensables hasta hace unos años”. La portavoz se ilusiona con que sean muchos más quienes se sumen a la causa por los derechos territoriales de los pueblos no contactados. En la base de todo está una idea sencilla: que puedan elegir cómo vivir.
Valeria Fgl | Cafecito
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