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Teorías - Número 1

Teo Peñarroja
Teo Peñarroja
Bienvenido a Teorías, una newsletter dominical en la que escribo, con mucho cuidado de que nadie me lea, columnas de… ¿opinión? No lo creo. Ni siquiera estoy seguro de que vaya a escribir columnas. Más bien me he propuesto bosquejar la vida a vuelapluma. Si has llegado hasta aquí haz el favor de no compartirlo con nadie.

Clandestinidad imaginaria
Mataron a David Beriain y en la facultad regalaron libros sobre Miguel Gil cuando le entregaron (a David) un premio póstumo con el nombre de otro periodista, Luka Brajnovik. Me pregunto de dónde salieron todos esos libros. Eran ejemplares de bolsillo, decenas de ellos, que podías coger de unas mesas situadas en la puerta del aula donde se entregaba el galardón. El libro se llama Los ojos de la guerra y es un recopilatorio de artículos sobre Miguel, al que mataron en Sierra Leona en el año 2000, escritos por otros compañeros de profesión. Yo lo compré un día que hacía mucho calor, a la hora de la siesta, en Jaca. Pronto quedó descatalogado y Silvia pagó una pasta por un ejemplar de segunda mano que localizó por internet. Dani lo buscó y no lo encontró, así que tomé un volumen de los que regalaban para dárselo cuando viniese a Pamplona.
En estas páginas, alguien asegura que Miguel no tuvo tiempo de desarrollar su propia mirada porque lo asesinaron demasiado pronto. Que tenía talento, pero no pudo desplegarlo. Recuerdo que aquella idea, cuando la leí hace cinco años, me causaba un tormento cierto. Si aquel tipo no llegó a tener voz, yo debía de ser completamente mudo.
Algo parecido me sucede cuando entro en una librería o una biblioteca: tantos libros me abruman. Me recuerdan con su insultante presencia que probablemente ya no queda nada por decir, y que si queda algo hay muchos otros más cualificados para decirlo, y que si lo dijera yo no habría quien lo leyese. Este pensamiento, sumado al de que en el mundo hay más buena literatura de la que soy capaz de leer en una vida entera, suelen disuadirme cuando me siento a escribir y hacen que salga de las librerías casi siempre cabizbajo.
Ya superé una etapa adolescente en la que escribía porque tenía algo que expresar y todavía no he alcanzado una etapa lo bastante adulta como para escribir porque tenga algo que decir. Así que he llegado a una conclusión bastante pragmática: escribo porque es mi trabajo. Si me encargan una columna, una reseña, una entrevista, un reportaje… lo tecleo porque debo hacerlo y porque alguien me paga por ello, pero aun así me veo de algún modo como un niño con un bigote de plástico: un estafador de poca monta.
He empezado tres novelas en esta vida. La primera, El señor de la sombra, la escribí en tercero de primaria y creo que es mi mejor obra. La segunda, Panamericana, era una mala imitación de Bolaño que acabé metiendo en un cajón y que sólo le he dejado leer a Japo. La tercera, Tribu, quiso subirse al carro de la autoficción y acabó atropellada por las ruedas de atrás. Tengo una idea para una cuarta novela, Confiteor, que no escribiré para no estropearla.
Visto que soy incapaz de armar una novela he decidido lanzarme al pretencioso mundo del columnismo literario, donde aspiro a pasar desapercibido y sin embargo tener lectores suficientes (uno, dos, a lo sumo tres) como para verme obligado a sentarme frente al teclado un par de horas cada semana.
Me siento cómodo en el margen, en una cierta clandestinidad imaginaria, que es el nombre poético de la irrelevancia. Es el espacio que voy a intentar domesticar.
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Teo Peñarroja
Teo Peñarroja @TeoPenarroja

Una columna dominical con la que me he propuesto bosquejar la vida a vuelapluma.

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