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Sarmiento, Maradonas y el arte de tejer un destino - Una mirada sin embargo sombría #1

Una mirada sin embargo sombría
Divagues a partir de las letras de Sarmiento, un Newsletter a cargo de Manuel Becerra

Sarmiento, Maradonas y el arte de tejer un destino
“La madre es para el hombre la personificación de la providencia, es la tierra viviente a que se adhiere el corazón, como las raíces al suelo.”
Domingo Faustino Sarmiento, Recuerdos de provincia
Raíces de lo nacional
Como una bizarra premonición del destino nacional, el apellido Maradona aparece en un libro de Sarmiento. 
Recuerdos de provincia fue publicado en 1850, cinco años después del Facundo, y arranca sus primeros apartados relatando la historia de la ciudad de San Juan. Recorre sus solares, el devenir de las familias coloniales, la itinerante presencia indígena en la zona, su decadencia a partir de las guerras civiles, esa sopa primigenia desde la que Sarmiento iba a imaginar un país que sabía posible, potente, civilizado. Sarmiento le tenía una fe ciega a la Argentina y se tenía una fe ciega a sí mismo. Esta última dimensión, para quienes estudiamos Historia es acientífica, aberrante, barbárica, porque abre la puerta a lo místico, que es invisible a la evidencia empírica, y entra más en ese vicio tan humano que es “hacer sistema” (o sea, otorgar sentido) a una serie de eventos o circunstancias a primera vista inconexas.
Otra fe ciega, o deseo ciego, fue el de Diego Armando Maradona, reporteado para la televisión a los 9 o 10 años, diciendo que su primer sueño era jugar el Mundial, y el segundo “salir campeón”. Luego supimos que el video que circulaba estaba editado y Diego no se refería a salir campeón del mundo con la selección, sino del campeonato de la octava que estaba jugando con Argentinos Juniors. Pero entre los avatares de la memoria audiovisual de la historia argentina y latinoamericana había quedado esa edición tramposa como la premonición de un niño, un niño que cumplió su sueño, presagio que vimos avanzar desde su enunciación, gambeta tras gambeta, gol tras gol, frustración tras frustración, hasta el estado de gracia total y absoluto del 22 de junio de 1986, bajo el ardiente sol Azteca. Las trampas de nuestra memoria, a veces autoinflingidas, nos permiten esos placeres. Y aunque el pequeño Diego apenas anhelara salir campeón de las divisiones inferiores, ¿qué niño desea jugar el Mundial sin ganarlo?
Y así volvemos a Sarmiento: la presencia del apellido divino y popular de nuestra segunda mitad del siglo XX, en un yacimiento arqueológico de la literatura nacional como es la obra del Padre del Aula. Decía más arriba que Sarmiento arranca Recuerdos de provincia describiendo un poco la decadencia de su San Juan natal. Y arranca, con ese espíritu realista decimonónico, tan positivista, por las palmeras de la plaza de Armas, y los escombros de los viejos fastos coloniales:
“Los edificios de la vecindad de aquellos palmeros están amenazando ruina, muchos de ellos habiéndose ya destruido, y pocos sido edificados. Por los apellidos de las familias que los habitaron, cáese en cuenta que aquél debió ser el primer barrio poblado de la ciudad naciente; de los Godoyes, Rosas, Oros, Albarracines, Carriles, Maradonas, Rufinos, familias antiguas que compusieron la vieja aristocracia colonial.”
Leo esa, la segunda página del texto sarmientino, y no puedo dejar de quedar boquiabierto con esa presencia. ¿Quiénes eran esos Maradonas? La etimología de ese apellido patrio nos lleva a descubrir que es un apellido gallego -y no italiano como un poco nos suena-, derivado de “Mar da Dona”, el mar de la Virgen. Googleando un poco se puede rastrear que un bisabuelo de Diego, Santiago Maradona, fue gobernador de Santiago del Estero durante el segundo gobierno de Yrigoyen. En la ¿foto? ¿pintura? que acompaña su breve artículo en Wikipedia se ve el evidente aire de familia de este yrigoyenista que se había recibido de maestro en la primera Escuela Normal fundada por Sarmiento, en Paraná.
Santiago Maradona, gobernador de Santiago del Estero entre 1928 y 1930. Fuente: Wikipedia.
Santiago Maradona, gobernador de Santiago del Estero entre 1928 y 1930. Fuente: Wikipedia.
Don Santiago había nacido en Villa Mercedes, San Luis, provincia que de alguna manera hace de transición entre Cuyo y la zona de la Pampa seca. Es en Cuyo, concretamente en San Juan, donde otras fuentes sitúan a Francisco Fernández de Maradona durante la segunda mitad del siglo XVIII. ¿Fue Francisco ancestro de Santiago? ¿Se cruzó en su niñez y adolescencia, Sarmiento, con algún Maradona de heráldica oxidada que, un siglo y medio después, vería renacer su gloria con un diez en la espalda?
Martín Kohan cuenta en El país de la guerra que Leonardo Favio llegó a pensar en Diego para hacer de San Martín en una posible película biográfica del correntino. Y que eso cobra especial sentido cuando las guerras ya no son el terreno donde se juegan las épicas nacionales, que se desplazan hacia ensayos análogos de batallas, victorias y derrotas, como el deporte.
Lo artesanal
Mientras Francisco Fernández de Maradona saltaba del barco a la carreta para ir a establecerse desde Galicia hasta San Juan de Cuyo, en Inglaterra estaban pasando otras cosas que también iban a cambiar el rumbo de la humanidad. El tejedor artesanal James Hargreaves, probablemente harto del trabajo infernal que implicaba hilar a mano, desempolvó sus conocimientos de carpintería y diseñó y fabricó una máquina que aceleraba muchísimo el proceso: la Spinning Jenny. Aunque funcionaba con fuerza humana la nueva hiladora iba a cambiar la historia, sobre todo una vez que se combinara con la energía hidráulica de la máquina de vapor. Estaba naciendo la era industrial, que arrasaría con el trabajo artesanal en las verdes praderas británicas y transformaría a los artesanos rurales y semirurales en mano de obra a disciplinar en las duras fábricas del Lancashire: de artesanos a obreros. Movimientos como el ludismo intentaron resistir, destruyendo las nuevas máquinas, este avance implacable de la tecnología, pero la historia los iba a pasar por encima.
(Algunas voces educativas, no se entiende si tecnófilas o demasiado funcionalistas -de la idea de que la escuela tiene una función dentro de un sistema que la excede- señalan que este mismo fenómeno está teniendo lugar en el siglo XXI en los sistemas educativos, a partir de la irrupción de los algoritmos y la inteligencia artificial. Aunque esta digresión no era parte del plan de este newsletter, y por ahí lo dejamos para otro envío, la tensión tecnología vs. la humanidad recorre toda la historia, y ya veremos cómo juega la escuela -una tecnología en sí misma- ahí).
Lo cierto es que la Revolución Industrial que estaba teniendo lugar en el noroeste de Inglaterra tardaría mucho en llegar hasta los Andes, y lo haría de formas muy diferentes. En esos años buena parte de los sectores populares de las provincias de la actual Argentina subsistían gracias a la producción artesanal. Una de ellas era Paula Albarracín, a quien la teogonía sarmientina ubicaría como madre santa y sacrificada. No hay muchos más testimonios sobre su biografía más allá que lo narrado por su propio hijo en Recuerdos de provincia, y una fotografía que se conserva en el Archivo General de la Nación que probablemente haya sido el modelo para tantas estatuas y bustos repartidos por las escuelas del país. 
Una de las posibles razones por las que un personaje apenas esbozado en las nieblas de la literatura decimonónica pudo alcanzar semejante nivel de mitología es la belleza con la que Sarmiento la describe tejiendo bajo la higuera:
“Había habido el año anterior una grande escasez de anascote, género de mucho consumo para el hábito de las diversas órdenes religiosas, y del producto de sus tejidos había reunido mi madre una pequeña suma de dinero. Con ella y dos esclavos de sus tías Irrazábales, echó los cimientos de la casa que debía ocupar en el mundo al formar una nueva familia. Como aquellos escasos materiales eran pocos para obra tan costosa, debajo de una de las higueras que había heredado en su sitio, estableció tu telar, y desde allí, yendo y viniendo la lanzadera, asistía a los peones y maestros que edificaban la casita, y el sábado, venida la tela hecha en la semana, pagaba a los artífices con el fruto de su trabajo.”
En un primer plano, Doña Paula fabrica tejidos en su telar, como hacían sus colegas ingleses que ahora estaban en plena extinción y transición hacia el salvaje proletariado industrial. Detrás, y en un tiempo acelerado, las paredes de la casa que se levantan gracias a ese mismo trabajo, los esclavos y albañiles yendo y viniendo, y con esas paredes la casa natal, el mito sarmientino. Una escena digna de Orson Welles, o de Alfred Hitchcock. Sarmiento, además de tribunero mesiánico, convencido de su destino de bronce, también era un poeta.
Telar, tejidos, textiles, textos: la etimología es la misma, vale para hilos de anascote como para plumas y palabras, que forman redes y enredan. Hoy esa casa que tejieron Paula y sus esclavos es un museo histórico, el Museo Casa Natal de Sarmiento, con actividades usuales de un museo, y otras algo más interesantes. En su perfil de Instagram divulgan, por ejemplo, la actividad del Grupo de Tejedoras Voluntarias del Museo, que se encuentran allí para tejer ropa que donarán a hospitales públicos de la provincia. Las Tejedoras Voluntarias son una ampliación de lo individual a lo colectivo, de ese acto de amor y atención que demanda el tejido. 
Lleno de curiosidad llamé un par de veces al Museo, y no pude dar con la coordinadora del proyecto, pero me ofrecieron, por ser docente de una escuela también llamada Sarmiento, un retoño de la higuera original. Algo me hizo ruido con la oferta: 
“Un día, empero, cuando las revocaciones del permiso dado habían perdido todo prestigio, oyóse el golpe mate del hacha en el tronco añoso del árbol, y el temblor de las hojas sacudidas por el choque, como los gemidos lastimeros de la víctima. Fue éste un momento tristísimo, una escena de duelo y de arrepentimiento. Los golpes del hacha higuericida sacudieron también el corazón de mi madre, las lágrimas asomaron a sus ojos, como la savia del árbol que se derramaba por la herida, y sus llantos respondieron al estremecimiento de las hojas; cada nuevo golpe traía un nuevo estallido de dolor, y mis hermanas y yo, arrepentidos de haber causado pena tan sentida, nos deshicimos en llanto, única reparación posible del daño comenzado. Ordenóse la suspensión de la obra de destrucción, mientras se preparaba la familia para salir a la calle, y hacer cesar aquellas dolorosas repercusiones del golpe del hacha en el corazón de mi madre. Dos horas después la higuera yacía por tierra enseñando su copa blanquecina, a medida que las hojas; marchitándose, dejaban ver la armazón nudosa de aquella estructura que por tantos años había prestado su parte de protección a la familia.”
En otra imagen cargada de sensibilidad y potencia, Sarmiento narra cómo tiraron abajo el símbolo familiar. ¿Qué retoño de qué higuera me ofrecían? La respuesta tuvo el color de las mentiras piadosas autoinfligidas: que había quedado guardada y la recuperaron, o alguna vaguedad por el estilo. Contesté que me encantaría recibir el retoño, pero que la arquitectura de la escuela donde trabajo no permite plantar un árbol -no hay un solo pedacito de verde-, pero que intentaría hacer prosperar esa hermosa colaboración.
Como la edición del video del niño Maradona, el retoño de la higuera muerta: mentiras autoinflingidas. Porque en definitiva, como comunidad ampliada, las necesitamos, necesitamos inventar tradiciones, como decía Eric Hobsbawm. Somos muchos y casi no nos conocemos, así que tejemos relatos, fuegos bien grandes, que nos junten cada tanto. Un acto escolar, el Mundial de fútbol, elecciones lentas pero limpias, otras tradiciones resignificadas.
Ilustración: Eva Brugues
Ilustración: Eva Brugues
***
Queda mucho afuera de este primer envío de newsletter que tiene el descarado objetivo de divagar a partir de fragmentos de textos de Sarmiento. Un divague así, algo sombrío, pero con un “sin embargo”, como empieza Tulio Halperín Donghi su Una nación para el desierto argentino:
“En 1883, al echar una mirada sin embargo sombría sobre su Argentina, Sarmiento creía posible subrayar la excepcionalidad de la más reciente historia en el marco hispanoamericano: ‘en toda la América española no se ha hecho para rescatar a un pueblo de su pasada servidumbre, con mayor prodigalidad, gasto más grande de abnegación, de virtudes, de talentos, de saber profundo, de conocimientos prácticos y teóricos. Escuelas, colegios, universidades, códigos, letras, legislación, ferrocarriles, telégrafos, libre pensar prensa en actividades… todo en treinta años.’”
Sarmiento, para enumerar su rosario de virtudes, por supuesto que omitía la barbarie llevada a cabo por el propio Estado contra sectores populares de las provincias y contra los indígenas. Pero aún así, era un optimista. Nosotros, en este siglo XXI sombrío, tenemos que permitirnos también un “sin embargo” y caminar hacia un futuro de progreso, menos violento, más inclusivo y plebeyo. Con menos armas -literales- para subvertir el legado sarmientino, el desafío es más grande. Y por ahí estos textos arrojados a tu email sean una gota que busca reflexionar con esos objetivos. 
Después del Bienio Infernal que vivimos, espero que estos párrafos te hayan servido como un pequeño recreo en este inicio de año, entre retrogustos de sidra y pan dulce, con olor a playa, aire de montaña y aún presx en la ciudad. Que se venga un año con más vacunas, más vida y más futuro, con escuelas más alegres, risueñas, coloridas y viajeras. Hasta la próxima. 
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Manuel J. Becerra
Manuel J. Becerra @chemendele

Un bazar de feos souvenires con los ecos de Sarmiento.

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