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No viene a cuento

Dicen que quien ha comenzado algo ya ha hecho la mitad. Y probablemente la mitad más difícil, añado yo. Ni te imaginas lo que me cuesta a veces no darles vueltas de más a las cosas. Llevaba mucho tiempo pensándolo y al final me he animado a escribirte. No voy a mentirte: estoy un poco nerviosa, como nos suele pasar a todos cuando hacemos algo por primera vez. Llevo más horas de escritura acumuladas a lo largo de mi vida que de cualquier otra cosa —excepto de sueño—, pero esto de colarme en tu buzón y escribirte así a bocajarro es algo novedoso para mí. Una novedad que me fascina y me intimida a partes iguales.
La culpa de este atrevimiento la tiene una vieja caja de cartón que me encontré en el trastero de casa de mi padre la última vez que esta dichosa pandemia me permitió viajar a España, hace ya demasiados meses, y que contenía decenas de cartas firmadas por aquellos amigos de mi adolescencia con los que solía cartearme cuando las llamadas de larga distancia estaban fuera del alcance de mi modesto bolsillo. Una caja que yo había dado por perdida años antes entre mudanzas, y que apareció de repente justo en esa época de emociones tan a flor de piel como fue el fin del primer confinamiento.
Una de las cosas que no he podido parar de repetirme a mí misma durante este año, tan complicado para todos, es que vaya suerte que tenemos de haber podido contar con la tecnología para vernos y oírnos a pesar de la lejanía. Qué duro hubiera sido todo esto hace veinte años.
Ahora tenemos a las personas que nos importan al alcance de las yemas de los dedos, y entre ellas y nosotros hay todo un abanico de aplicaciones para mandar un beso, un abrazo, un cómo estás. Y quizá precisamente porque sabemos que podemos ponernos en contacto con ellas en cualquier momento, porque ya lo damos por sentado, no valoramos este pequeño tesoro como se merece.
Puede que sea por eso por lo que la mayoría de las conversaciones que tenemos por estos canales se nos estén quedando cada vez más huecas y fragmentadas. Respuestas cortas escritas siempre como con prisas, cada vez más y más lejos de esas charlas que se pueden tener en persona en la cocina o el salón, a las tres de la madrugada, mientras se empuña con pasión una copa de vino —o una taza de café— y se trata de arreglar el mundo a golpe de palabras. No sé tú, pero eso es lo que yo llevo peor de esta nueva normalidad que nos han colado: la falta de conexión y de intimidad de las conversaciones cara a cara.
Y no puedo evitar pensar en esa caja llena de cartas. En lo cerca que me sentía —a pesar de los kilómetros que nos separaban— de esos amigos durante las horas que dedicaba a vaciar mi corazón y mi cabeza en un puñado de folios. O cuando me encontraba un sobre con mi nombre escrito con boli esperándome en el buzón.
Llámame nostálgica irredenta, pero quiero recuperar esa magia. Quiero escribirte. Quiero hablarte de todas esas cosas que no te suelo contar en el blog o en redes sociales porque no vienen a cuento. Puede que estas cartas mías terminen siendo solo un mensaje en una botella, perdido en esa marea caótica de tu buzón de entrada, en algún lugar a medio camino entre los cupones de eBay y las confirmaciones de compra de Amazon.
Pero, como soñar es barato, yo fantaseo con que me escribas de vuelta de vez en cuando. Sí: quiero que me escribas, cuando te apetezca, si tienes tiempo y ganas, si se te despierta la inquietud, o si consigo que mis palabras desordenen tu conciencia.
Celtas Cortos - 20 DE ABRIL (Videoclip oficial)
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Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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