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El ritual del videoclub 📼

«Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos.» (Jorge Luis Borges) 

Hace unos días hablaba con una amiga sobre lo afortunadas que ambas nos sentíamos de haber sido adolescentes en los noventa, lejos de toda esa presión despiadada que ejerce de forma continua el universo de las redes sociales, a rebosar de imágenes aspiracionales que nos recuerdan a todas horas que siempre hay alguien pasándolo mejor que nosotros o que nuestros cuerpos no son perfectos. Como si no estuviera ya la adolescencia plagada de suficientes inseguridades como para encima andar juzgando nuestro físico con la lupa absurda de los filtros distorsionadores y deformantes de Instagram. No, gracias. No envidio nada a los chavales de hoy en día.
La conversación empezó con un comentario inocente sobre lo conflictivo de ser adolescente en este siglo, pero antes de que nos diésemos cuenta ya habíamos abierto el cajón de la nostalgia y estábamos enumerando emocionadas todas esas cosas que más echábamos de menos de aquellos años ajenos al peso y a las responsabilidades de la vida adulta.
Yo mencioné la costumbre de cartearnos con los amigos que estaban lejos —¡obviamente!— y aproveché para contarle que tú y yo ahora nos escribimos un par de veces al mes. Y le dije que también echaba mucho de menos lo de ir al videoclub de mi barrio los viernes por la tarde para hacer acopio de películas y chucherías para el fin de semana. Ya ves: no era yo de desmadrarme demasiado saliendo por ahí de fiesta. Al cine sí, de vez en cuando; pero con lo que costaba la entrada para una sola película podía salir del videoclub con tres títulos diferentes en la mochila y una bolsa de gominolas, gracias a ese maravilloso 3x2 de promoción que tenían siempre.
Pero lo que yo echo de menos, al margen de la encantadora sencillez de aquellos fines de semana, es el hecho en sí de pasar una hora —o a veces incluso más— deambulando por aquel laberinto de estanterías cargadas de carátulas de colores, de VHS primero, de DVD después. La dulce tortura de tener que decidirme solo por tres títulos entre aquella interminable lista que no paraba de crecer de películas que no estaba dispuesta a perderme. El placer culpable de que, entre las elecciones de la semana, se colara alguna que ya había visto solo por el deleite de rememorar una vez más diálogos y escenas que me habían gustado. Elegir películas se convertía en una actividad de ocio más, en una tarea placentera.
Hoy tocamos un botón o una pantalla táctil y Netflix, Disney+, Amazon Prime o la plataforma que sea despliega ante nuestros ojos un abanico infinito de entretenimiento en cuestión de segundos. Podemos empezar a ver una película o un episodio de una serie y, si no nos gusta, saltamos inmediatamente a otra cosa. Incluso podemos pasarnos un cuarto de hora o veinte minutos navegando por la aplicación de turno para terminar cerrándola de golpe por la frustración de no encontrar nada que satisfaga nuestro estado de ánimo del día, o que nos llame la atención lo suficiente.
Del videoclub era prácticamente imposible salir con las manos vacías. Más bien todo lo contrario: en épocas de ofertas podías encontrarte con más películas entre manos que horas libres para verlas. Pero se sacaba el tiempo de donde fuera. Porque el hecho de elegir una película en lugar de otra ya exigía un cierto compromiso por nuestra parte. Y quizá eso es lo que yo echo de menos: la anticipación que viene con el compromiso. Mi relación con la película empezaba a veces un día o dos antes de verla, en el momento de mirar detenidamente su carátula y de releer varias veces la sinopsis de la historia. Me daba tiempo de sobra de reflexionar sobre mis expectativas sobre lo que estaba a punto de ver, de dedicarle una cantidad razonable de pensamientos y de prepararme —aunque fuera de forma inconsciente— para ofrecerle toda mi atención durante el tiempo que durase.
Y estoy convencida de que este es el motivo de que tenga muchos más recuerdos y más vívidos de películas que vi una vez hace veinte años, que de estrenos que vi hace apenas un mes.
La cultura de la inmediatez en la que vivimos sumergidos nos ha privado de ciertas pausas, ciertos tiempos, que a veces nos hacen falta para disfrutar de verdad de algunas cosas. Quizá sea este el momento de recuperar algunos ritos, o de crear otros nuevos, que nos ayuden a estar más presentes y a saborear como se merece cada minuto que la vida nos regala.
¿Te ha gustado? Sí No
Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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