El peligro de saber bien quién eres

#2・
345

suscriptores

13

Publicaciones

Suscríbete a nuestro boletín

By subscribing, you agree with Revue’s términos y condiciones de uso and política de privacidad and understand that No Viene A Cuento will receive your email address.

«Ignoramos quiénes somos hasta que nos escuchamos contarle la historia de nuestra vida a alguien en quien confiamos.» (Bill George)

De un tiempo a esta parte me ha dado por pensar mucho sobre la cuestión de la identidad, sobre lo que nos hace ser o dejar de ser nosotros mismos. Supongo que es una de esas cosas sobre las que los seres humanos no podemos evitar reflexionar en diferentes momentos de nuestra vida. La inquietud nos viene de fábrica, pero también es el tipo de pensamiento que da vértigo cuando se le dedica un poco más de atención de lo habitual.
La culpa de que me haya puesto yo ahora a marear mentalmente la perdiz sobre el asunto la tiene este artículo de Tim Urban que descubrí gracias a la maravillosa newsletter de Carmen Pacheco en el que se hace un repaso a las diferentes teorías al respecto —somos nuestro cuerpo, o nuestro cerebro, o quizá la memoria almacenada en él; cómo de prescindibles son cada una de las piezas que forman parte de nosotros— además de otra información al respecto de lo más interesante. El artículo está en inglés —estaría genial encontrar alguno similar en español, avísame si sabes de alguno—, pero te desaconsejo que lo leas, a menos que no te importe pasar algo de tiempo cuestionándote cosas que creías tener bastante claras hasta ahora.
¿Quiénes somos? Hace una o dos generaciones muchas personas empezaban su definición de sí mismas mencionando su trabajo. Tenía sentido que la profesión de cada cual estuviera íntimamente ligada a la propia percepción de la identidad en una época en la que los trabajos duraban para toda la vida. Antes lo normal era que uno se jubilara en la misma empresa en la que había entrado como aprendiz, pero esto hace mucho tiempo que ha dejado de ser así.
Ahora la mayoría de nosotros acabamos teniendo una carrera laboral tan variada como el buffet de desayuno de un todo incluido caribeño, a veces porque tenemos suerte y podemos ir mejorando de posición, y otras veces porque no la tenemos y no nos queda más remedio que encadenar un trabajo precario detrás de otro. Pero es raro que alguien de nuestra generación pueda desempeñar no ya solo el mismo puesto, sino incluso a veces la misma profesión, durante toda la vida. Así que no podemos jugar este comodín a la hora de autodefinirnos, y quizá por eso a menudo sufrimos ese sentimiento de desarraigo, de no encontrar nuestro sitio, de sentirnos fuera de lugar en cualquier parte.
Hace un par de semanas me contaba Edu, entre desconcertado y divertido, que no había sido capaz de explicarles bien a qué me dedicaba yo a unas compañeras de su trabajo que le habían preguntado. Les había contado que escribo, que hago vídeos para Cosmopolitan, que estudio corrección y edición, que estaba trabajando en un libro de ciencia ficción. Pero claro, son demasiadas cosas para poner en una sola etiqueta y ninguno de estos aspectos me define de forma completa o inequívoca.
A las personas nos tranquiliza clasificar y etiquetar las cosas que nos rodean, especialmente a otras personas, porque nos da la sensación de que tenemos un cierto control sobre las posibles relaciones y lo que podemos esperar de ellas. Por eso nos causa curiosidad y desasosiego cuando conocemos a alguien un poco más difícil de definir.
Una de mis citas preferidas de Doctor Zhivago dice: «Siempre es agradable que alguien sea distinto de como lo hemos imaginado. Pertenecer a un solo tipo significa el fin del hombre, su condena. Si, en cambio, no se sabe cómo catalogarlo, se escapa a una definición, es ya en gran parte un hombre vivo, libre de suyo, con una partícula de inmortalidad.»
Porque una identidad bien definida puede ser reconfortante para el que la posee, que siente que por fin ha encontrado a su tribu. Pero también es una prisión, una trampa, sobre todo cuando llega el momento inevitable en el que dejamos de hacer ciertas cosas solo para ser coherentes con esa definición de nosotros mismos que nos hemos creído a pies juntillas.
Ese es que yo soy así que se esgrime en tantas discusiones de pareja cuando no estamos dispuestos a adaptarnos, o ese es que eso no va conmigo que nos decimos a nosotros mismos y detrás del que escondemos nuestra inseguridad, nuestro temor a enfrentarnos por primera vez a algo nuevo y desconocido.
Dice Bill George que ignoramos quiénes somos hasta que nos escuchamos contarle la historia de nuestra vida a alguien en quien confiamos. Y yo creo que nos iría un poco mejor si nos concediésemos más a menudo el derecho a cambiar de opinión y aprovechásemos cada nueva narración de nuestra historia para perder el miedo a reinventarnos. Si tomásemos más conciencia de lo importante que es lo que nos contamos sobre nosotros, tanto a nosotros mismos como a los demás.
Ahora, cuando me preguntan qué soy o qué hago, respondo que me dedico a vivir y que soy un ser humano, aun a riesgo de parecer una alienígena tratando de hacerse pasar por terrestre a toda costa —porque por otra parte eso es precisamente lo que un alienígena no muy avispado diría para intentar pasar desapercibido; no sé por qué dimos por sentado que de haber vida allá fuera tendría que ser inteligente—. Lo bueno de no ser nada en particular es que se puede ser cualquier cosa si uno se lo propone, y no hay nada más excitante que una vida cargada de posibilidades.
¿Y tú, quién eres?
Una vez más, muchas gracias por leerme.
¿Te ha gustado? No
Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

Para cancelar tu suscripción, haz clic aquí.
Si te han remitido este boletín y te ha gustado, puedes suscribirte aquí.
Created with Revue by Twitter.