El lujo de soñar despiertos

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«La ensoñación cotidiana incuba el descubrimiento creativo […] Para muchos de nosotros es un lujo contar, durante el día, con un tiempo propio en el que podamos tumbarnos y reflexionar. Esos son, por lo que respecta a la creatividad, algunos de los momentos más valiosos de nuestra jornada.» (Focus, Daniel Goleman)

Te escribo estas líneas desde un café muy pequeño pero encantador que hay en la que probablemente sea mi playa favorita de Torquay, Meadfoot Beach. Está a tan solo un cuarto de hora de paseo desde mi casa, y aunque sigue estando relativamente cerca del centro suele ser muy tranquila durante la mayor parte del año —hasta que llega la temporada alta y sus benditos turistas: es lo que tiene la vida en el Benidorm de Reino Unido—.
Me gusta escaparme a tomar un té aquí siempre que puedo. A menudo traigo conmigo un cuaderno o incluso mi portátil, convencida de que si en algún sitio va a encontrarme la inspiración para escribir ha de ser probablemente en esta playa de vistas maravillosas. Pero la verdad es que la mayoría de las veces me vuelvo a casa sin haber sido muy productiva porque en cuanto me siento en una de estas mesas mi cabeza empieza a divagar hasta el punto de perderle un poco el hilo a mis propios pensamientos.
Hasta hace no mucho me sentía bastante culpable por esta forma mía tan absurda de desperdiciar el tiempo a veces. Porque lo de perder la noción del tiempo por estar cómodamente instalada en la inopia se me da de maravilla, no necesito que me distraiga ningún paisaje espectacular, tengo un talento natural para quedarme embobada. Soy consciente de que desde fuera más de uno me percibirá probablemente como un animal de movimientos algo lentos o incluso perezosos, pero te aseguro que hay momentos en los que da vértigo estar dentro de mi cabeza.
Quienes me conocen bien dicen que hablo deprisa —como contrapunto a todo lo demás en esta vida, que lo hago despacio—, pero no es rara la ocasión en la que, al hablar con alguien de algún tema que me apasione, no soy capaz de seguir con mis propias palabras la velocidad que dictan mis pensamientos. Supongo que por eso la escritura ha sido siempre mi forma de expresión favorita. Aquí puedo moverme libremente párrafo adelante o atrás tantas veces como haga falta para asegurarme de que no me dejo nada en el tintero.
Precisamente un par de párrafos atrás te explicaba que hasta hace poco me sentía culpable por dedicarle tanto tiempo a pensar en mis cosas —como ves, ¡me voy por las ramas pero sigo en el mismo árbol!—. Cuando uno está parado pensando no está ganando dinero, ni está haciendo nada de provecho como estudiar o poner al día todas esas tareas domésticas atrasadas. La fiebre de la productividad es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Pero algo que he leído hace poco en el libro Focus de Daniel Goleman me ha ayudado a cambiar mi punto de vista sobre el asunto.
Dice en uno de sus capítulos que para elaborar razonamientos complejos o conquistar cualquier tipo de proeza creativa es imprescindible que perdamos el temor a pasar horas con nuestros propios pensamientos. Pero —según muchos psicólogos actuales— la mayoría de las personas huimos de estos pensamientos propios en busca de cualquier estímulo que nos distraiga y nos mantenga ocupados. Solo porque tenemos miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos.
La imaginación y la creatividad, imprescindibles para innovar en cualquier campo, nacen a menudo del aburrimiento. Y aun así combatimos el aburrimiento como se combate una epidemia: con lo mejor y lo primero que tenemos a mano, que en estos casos suele ser con frecuencia nuestro teléfono móvil. Nos aterra tanto tener que prestar demasiada atención a nuestro monólogo interno que en cuanto aparece un hueco, un silencio —aunque solo sea de unos minutos—, lo rellenamos enseguida a base de ese insaciable scroll infinito con el que tantas redes y plataformas luchan por controlar nuestra atención.
El problema de los estímulos es que nunca son suficientes. Cuantos más tengamos, más necesitaremos. Y con la demanda se multiplica la oferta. El amplio abanico de distracciones del que disponemos en este siglo los seres humanos puede ser tanto una bendición como un castigo. Esa ingente cantidad de opciones entre las que elegir sumada a nuestra innata inseguridad resulta en una escena cotidiana que estoy segura de que te será bastante familiar: la de pasar más de un cuarto de hora dándole vueltas al menú principal de Netflix sin ser capaz de decidir qué serie o película empezar a ver. Queremos vencer al aburrimiento a toda costa, pero también queremos tener la tranquilidad de que estamos aprovechando nuestro tiempo libre lo mejor posible.
Así que cuanto más empeño pongamos en combatirlo, más probabilidades tendremos de terminar aún más angustiados ante la mera perspectiva del aburrimiento y de no estar usando de forma adecuada nuestro limitado y valioso tiempo, y más nos costará salir de este círculo vicioso. Por eso supongo que lo más saludable que podemos hacer es dejar de demonizar al aburrimiento y asumirlo como una parte imprescindible de la vida en general y de los procesos creativos en particular. Y permitirnos tan a menudo como podamos y sin el menor atisbo de remordimientos el lujo de soñar despiertos.
¿Cómo ha ido tu fin de semana? ¿Has tenido tiempo para aburrirte?
¿Te ha gustado? No
Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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