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El límite sano de la empatía

La empatía sin límites es autodestrucción.

Una de las novelas que más me ha marcado de entre todas las que he leído este año ha sido La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler. Tengo una debilidad especial por las narrativas distópicas, y esta novela es como leer una versión más creíble de The Walking Dead en la que los zombis se sustituyen por amenazas más realistas, como hordas de vagabundos drogadictos, a los que el cambio climático y las crisis económicas han llevado a una situación de desesperación social en la que todo vale y solo sobrevive el más fuerte y con menos escrúpulos.
Uno de los rasgos más llamativos de la adolescente que protagoniza esta historia posapocalíptica es el hecho de que sufre de hiperempatía, una sensibilidad debilitante hacia las emociones, tanto buenas como malas, de quienes la rodean. No es el tipo de don que querrías tener precisamente en esas circunstancias en las que la vida depende de ser capaz de apretar el gatillo cuando la situación así lo requiere.
Y aunque la hiperempatía extrema tal y como la describe Octavia E. Butler queda relegada a la ficción, su equivalente realista puede hacernos la vida imposible si nos descuidamos. Puede que sobre el papel lo de pensar más en los demás que en nosotros mismos suene maravillosamente altruista, pero si no ponemos límites nuestra propia identidad, nuestras necesidades personales, terminan por desdibujarse a base de dar prioridad a lo que creemos que los demás necesitan de nosotros.
A las personas con exceso de empatía (entre las que creo que me incluyo) nos cuesta muchísimo decir que no cuando nos piden algo, y a veces llegamos a justificar y perdonar comportamientos abusivos de otras personas hacia nosotros solo porque sentimos que entendemos los motivos que las impulsan a actuar de esa manera.
Cuando nuestra tendencia natural de anteponer las necesidades de los demás a las propias se topa con la falta de escrúpulos de algún narcisista, corremos el peligro de terminar atrapados en la dinámica de una relación tóxica. Nos gusta ayudar y aliviar el sufrimiento de las personas que nos rodean, antes siquiera de que nos lo pidan. De alguna forma nos autoconvencemos de que la felicidad de quienes están con nosotros es nuestra responsabilidad, y poco a poco nos desgasta ver que estas consideraciones no siempre vienen de vuelta y eso nos termina causando resentimiento. Pero no es fácil salir de la espiral porque sentirse útil y necesitado por parte de los demás llega a ser muy adictivo.
Y no digo que haya que dejar de hacerlo si es con eso con lo que nos sentimos bien, pero sí que creo que está bien aplicarnos de forma figurada aquello que nos dicen siempre los auxiliares de vuelo antes de despegar: en caso de despresurización de la cabina póngase su mascarilla de oxígeno antes de intentar ayudar a los demás.
No podemos estar ahí para los demás si no nos cuidamos primero a nosotros mismos, no podemos dar si antes no nos hemos preocupado de llenarnos. Por eso es más que razonable ponerle un límite sano a la empatía, reconocer el dolor de las otras personas cuando lo haya, pero sin obligarnos a hacerlo nuestro. Aprender que a veces está bien decir que no y que no hay que sentirse culpable por ello. Que nosotros también nos merecemos esa etiqueta prioritaria que solemos tener reservada para otros, y que no hay nada de malo en ponerlo todo en pausa para dedicarnos tiempo y atención cuando lo necesitemos.
Así que la próxima vez no tengas tantos reparos en decir que no a ese plan que no te apetece nada solo porque no quieres hacer sentir mal a tus amigos, ni hagas horas extra si te falta tiempo para otras cosas solo por impresionar a tu jefe. Asegúrate de que vas bien de oxígeno antes de preocuparte por las mascarillas de los demás.
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Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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