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Los niños pequeños siempre juegan bien

En esta carta que te escribí hace un par de meses te contaba que me había aficionado a meditar un poco todos los días. Al principio me dediqué a probar diferentes aplicaciones de meditación guiada, pero en apenas un par de semanas la de Downdog se había convertido en mi favorita indiscutible.
Carmen Velarde
Sin desmerecer la plataforma de #fitness de #Apple: si queréis sesiones 100% personalizadas de #Yoga, #Meditación o #HIIT tanto para #iOS como para #Android echad un ojo a las #apps de @downdogapp. Merecen la pena y la suscripción es más asequible. 😉
Me encanta por la sencilla razón de que las sesiones son configurables al milímetro: tú le dices a la aplicación cuánto quieres que dure, el tipo de música que quieres de fondo, si quieres que haya muchas o pocas indicaciones, las pausas que quieres entre ellas e incluso eliges la voz que quieres escuchar. La app mete todas tus exigencias en su coctelera virtual y crea al instante una sesión personalizada en exclusiva para ti. Y encima sus creadores decidieron hacerla gratuita a raíz de la pandemia, y de momento parece que seguirá siéndolo al menos hasta finales de año. ¿Qué más se puede pedir?
Otra de las cosas que puedes elegir es la temática para esa meditación según lo que quieras trabajar: concentración, paciencia, autoestima, aliviar el estrés… También puedes pedirle que omita por completo la charla temática y se centre en los ejercicios de respiración, o marcar una opción que dice Cualquier tema, deja que el universo decida.
Esa suele ser mi opción preferida y la que suelo dejar marcada por defecto. Y a menudo el universo, o el algoritmo detrás de la aplicación, me sorprende de forma positiva y aprendo muchas historias y cosas interesantes.
Precisamente en una de estas meditaciones con temática aleatoria me encontré con un consejo que me pareció maravilloso y no veía el momento de compartirlo contigo, por si acaso a ti también te sirve para afrontar ciertas situaciones de una forma más gratificante y positiva.
La charla de esta sesión en cuestión giraba en torno a ese mal hábito compulsivo que muchos padecemos de sobre analizar a posteriori cada cosa que hacemos o decimos, pensando que podíamos haberlo hecho mejor, o si quizá deberíamos haber dicho esto en vez de lo otro en esa conversación que ahora repetimos en bucle en nuestra cabeza.
Y cuando uno analiza tanto las cosas que ya forman parte del pasado, es inevitable hacer lo propio con las que están por venir, y empezamos a preocuparnos por el resultado de procesos en los que ni siquiera hemos dado un primer paso. Alimentamos nuestras propias expectativas y las engordamos tanto que luego no podemos con su peso y a menudo preferimos no hacer algunas cosas por miedo a no estar a la altura de un listón imaginario.
En la charla entonces ponían como ejemplo a los niños pequeños: ¿verdad que nunca has escuchado a ninguno diciendo hoy no he jugado lo suficientemente bien en el recreo o debería haber sido más original y creativo en la clase de plástica? Un niño pequeño se entrega con dedicación y total despreocupación a la tarea que tenga entre manos, sea esta un dibujo con ceras de colores o un partido de fútbol con sus amigos en el patio del colegio.
Y aunque no deje en parte de buscar cierta aprobación y cierto reconocimiento de sus padres y profesores, rara vez verás que los más pequeños dejen de hacer algo por culpa de esa parálisis por análisis que tantas veces nos acecha a los adultos. No se paran a pensar en el resultado porque aunque no sean conscientes de ello están inmersos en lo importante: el proceso, jugar y aprender.
Esta comparación me ha ayudado a ser un poco más indulgente conmigo misma, por ejemplo a la hora de probar nuevos hobbies y actividades con los que antes no me atrevía por temor a no ser lo suficientemente buena. Y cada vez estoy más convencida de que el mundo sería un lugar mejor y todos seríamos mucho más felices si hiciéramos el esfuerzo de ser como esos niños que simplemente juegan sin pararse a pensar demasiado en si lo están haciendo bien.
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Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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