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El año empieza en septiembre

La humanidad se divide en dos grandes grupos: los que nunca han tenido una agenda y se conforman con añadir algún que otro recordatorio en la del móvil y los que atesoramos ejemplares casi por cada año de vida. Y dentro de este hay un segundo subgrupo de gente aún más raruna formado por los que, aun en edad adulta, seguimos usando agendas en las que el comienzo de año se corresponde con el curso escolar.
En mi caso la justificación del trauma viene porque yo me aficioné a la sana costumbre de anotarlo todo porque en el colegio en el que cursé el bachillerato era obligatorio: todos los alumnos teníamos una agenda oficial que teníamos que comprar junto con los libros de texto, y que además de servirnos para apuntar las tareas pendientes de cada día era la principal vía de comunicación entre padres y profesores. La agenda tenía apartados específicos para anotaciones referentes a comportamiento y rendimiento escolar, y se usaba incluso para autorizar la participación del alumno en cuestión en excursiones y otras actividades. Y como dicha agenda pasaba de forma constante por las manos de padres y profesores era una hazaña demasiado arriesgada la de atreverse a falsificar una firma parental cuando llegaba a casa un tirón de orejas en forma de nota a pie de página. Era la herramienta de control perfecta.
Muchos de mis compañeros de clase terminaron aborreciendo las agendas precisamente por esto, pero a mí (que cualquier excusa para escribir o garabatear me vale) me gustó tanto el hábito de anotarlo todo para organizarme que he seguido manteniendo la costumbre todo este tiempo. Y supongo que el hecho de haberme iniciado en el mundillo de la mano de las agendas escolares es lo que hace que aún a día de hoy me sienta un poco incómoda si intento comprar una que empiece en enero. Como si empezar el año después de navidades fuese algo demasiado adulto, algo que todavía me queda un poco grande.
Probablemente si algún terapeuta me leyera me diría con toda la razón del mundo que lo que yo tengo es un claro síndrome de Peter Pan. Pero estoy convencida de que el mundo sería un lugar mucho mejor si todos nos pusiéramos de acuerdo y empezásemos el año en septiembre en vez de en enero.
Yo por ejemplo me encuentro más motivada para emprender nuevos proyectos ahora que aún tengo las vacaciones de verano frescas en la memoria. El parón veraniego y la dosis consiguiente de holgazaneo hacen que tenga más ganas de retomar las cosas que tenía entre manos, y como vengo con las pilas recargadas septiembre es para mí el mes perfecto para marcarme nuevas metas y propósitos. Si uno decide que su propósito para el nuevo año es por ejemplo aprender otro idioma, tiene mucho más sentido apuntarse a una academia en septiembre que en enero. También me parece más sencillo cultivar hábitos saludables como comer mejor o hacer más ejercicio ahora que el clima todavía es algo benévolo y hay más horas de luz. En enero hay que ir más a contracorriente y luchar contra ese instinto de hibernar que nos arrastra a envolvernos en una manta y hacer maratón de series en Netflix mientras degustamos un chocolate caliente.
Suelo terminar las navidades como si me hubiera atropellado un camión: demasiadas fiestas, emociones, prisas por comprar regalos de última hora y cenas con familiares y amigos concentradas en apenas quince días. Así que me supone un esfuerzo titánico no solo el idear sino encima mantener en el tiempo esa serie de resoluciones que supuestamente harán de mí una mejor persona. En cambio las actividades estivales parecen diluirse de forma relajada y natural durante los tres meses que dura el verano; aunque las vacaciones en sí sigan limitándose a las dos semanas de rigor y no nos libremos de esa sensación de necesitar unas vacaciones de las vacaciones durante las primeras cuarenta y ocho horas de vuelta a la normalidad. Pero en general no suelo terminar agosto con la sensación de que no me ha dado tiempo de hacer todo lo que quería hacer, sino todo lo contrario: que me perdonen los que sean padres, pero quienes no tenemos hijos podemos a veces incluso permitirnos el lujo insolente de llegar a aburrirnos durante las vacaciones de verano (ya te hablé en esta otra carta de lo importante que es disfrutar de un poco de sano aburrimiento de vez en cuando para los procesos creativos y de innovación). Porque por mucho que me encante el verano siempre llego a un punto en que empiezo a echar de menos un poco de rutina, los jerséis mulliditos y pisar charcos con las botas de montaña.
Sigo asociando otoño con la emoción de los nuevos comienzos, con la oportunidad para reinventarme, aprender cosas nuevas y embarcarme en nuevas aventuras.
Y estoy segura de que ahí fuera hay más gente rara a la que le pasa como a mí, y que sigue teniendo el calendario interno sincronizado con el escolar después de tantos años inmersa en el ritmo que marca el sistema educativo. No es culpa nuestra, es a lo que nos han acostumbrado.
¿Qué planes tienes tú para este nuevo curso que empieza?
¿Te ha gustado? No
Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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