Ver perfil

4.000 semanas sobre la Tierra

La procrastinación es la forma más asequible que tenemos de rebelarnos contra nuestra propia finitud.

Dice Oliver Burkeman en su último libro que, en el mejor de los casos, una persona puede aspirar tan solo a unas 4.000 semanas de vida —que serían unos 77 años, atendiendo a una media generalizada de la esperanza de vida de los países desarrollados—. Digo tan solo porque es una cifra que a menudo sorprende a quienes no se han parado demasiado a hacer este tipo de cálculos vitales. Haz la prueba si no me crees: pregúntale a gente de tu entorno cuántas semanas creen que puede llegar a vivir un ser humano.
En general estamos reconciliados con la idea de nuestra mortalidad expresada en años porque la vejez nos suena lejana, pero cuando la desmenuzan en semanas —y más aún cuando nos paramos a pensar en la cantidad de semanas que llevamos ya gastadas de ese presupuesto— de repente parece que nos sabe a muy poco. Ese aburrimiento ineludible de ciertas tardes de domingo se convierte en un derroche imperdonable cuando tomamos conciencia de que apenas viviremos cuatro mil fines de semana. Cuatro mil lunes. Cuatro mil viernes. Es una cuestión de perspectiva.
Y, como está en nuestra naturaleza el rebelarnos contra nuestro destino antes de acabar aceptándolo, lo hacemos de una forma tan sencilla como arrogante: permitiéndonos el lujo de perder el tiempo, de regalarlo, como si nos sobrara. Dejando que lo urgente —y lo no tan urgente, pero que quizá nos aporta un placer más inmediato— nos distraiga de lo importante.
Pero no todo es rebelión, también hay una cierta dosis de miedo en ello. Nos entretenemos con lo urgente y lo inmediato porque tememos haber elegido mal nuestras tareas importantes. Nos asusta haber consagrado gran parte de nuestro crédito de tiempo sobre la Tierra al trabajo o a las personas equivocadas. Esa sombra que a todos nos persigue, esa sensación pegajosa de estar siempre en el lugar incorrecto, malgastando el poco tiempo que tenemos.
Esperamos una especie de epifanía que nos confirme que lo estamos haciendo bien, que hemos descubierto nuestra verdadera vocación, que estamos en la relación correcta. Pero a mi edad empiezo a tener sospechas más que fundadas de que esa epifanía no llega nunca. Hay que jugársela y comprometerse, pero sobre todo dejar de ver a nuestro yo del futuro como una persona ajena cuyas desventuras no tendremos que sufrir en primera persona.
Vivir el presente es un lema que vende más y hace mejores camisetas, pero la abstracción es uno de los grandes superpoderes de la humanidad y no podemos —ni debemos— obviar esa conexión ineludible con nuestro yo del pasado y su equivalente futuro. Probablemente nos gustaría poder darle algún que otro tirón de orejas a nuestro yo del pasado por no haber aprendido ese otro idioma que nos hubiera abierto tantas puertas profesionales cuando tenía tiempo y dinero para ello; o por haberse dejado arrastrar por la excusa del trabajo en vez de pasar más tiempo con ese amigo o familiar que ya no está.
Ahorrémosle disgustos a nuestro yo de los últimos días de esas 4.000 semanas sobre la Tierra. No tengamos miedo de quedar con él cada cierto tiempo para tomar un té imaginario y preguntarle abiertamente: ¿qué te gustaría haber estado haciendo en este preciso momento en el que me encuentro yo ahora?
¿Te ha gustado? No
Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

Para cancelar tu suscripción, haz clic aquí.
Si te han remitido este boletín y te ha gustado, puedes suscribirte aquí.
Created with Revue by Twitter.