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Cámaras de resonancia y cerebros tarotistas

«La capacidad de escuchar a gente inteligente que no está de acuerdo contigo es un talento difícil de encontrar.» (Ken Follet)

Siempre me han fascinado las neurociencias, y aunque soy bastante profana en la materia disfruto leyendo todo lo que cae en mis manos relacionado con la temática con tal de que el lenguaje en que esté escrito sea lo suficientemente divulgativo como para estar al alcance de mis limitaciones.
Esta vez le ha tocado el turno a Siete lecciones y media sobre el cerebro, de Lisa Feldman Barret, un librito no solo interesante sino también entretenido al que te animo que le eches un ojo si tienes ganas de saber un poco más sobre este imprescindible órgano nuestro que se encarga de mantenernos vivos tan buenamente como puede.
Porque, aunque —como buena humanista que me considero— me gustaría poder afirmar que el pensamiento racional, ese rasgo tan distintivo de los animales humanos, es el principal objetivo de nuestro cerebro, lo cierto es que no es más que un accidente evolutivo más. Y la verdadera misión de esa masa que rellena nuestras cabecitas no es otra que la de gestionar nuestro presupuesto energético para asegurarse de que se mantiene el equilibrio, constante y necesario, entre nuestras necesidades y los recursos empleados para satisfacerlas.
¡Cuando lo cuento yo suena mucho más aburrido y menos interesante que cuando lo hace Lisa Feldman Barret! Ella lo explica todo con ejemplos curiosos e incluso divertidos porque es muy experta en su campo, no se puede competir con eso.
Sin hacerte demasiados spoilers —por si acaso al final te animas a hacerte con el libro— te cuento que me gustó mucho el capítulo en el que explica cómo nuestro cerebro se pasa todo el tiempo prediciendo cosas, por regla general con bastante más éxito que la mayoría de los tarotistas que habitan ese mundo paralelo e inquietante de algunos canales de televisión durante las horas de madrugada.
Pone el libro como ejemplo la sensación de sed, que desaparece cuando nos bebemos un vaso de agua. Esa sensación se activa cuando necesitamos esa hidratación tan imprescindible para mantenernos con vida, y aunque desaparece después de beber, la verdad es que el preciado líquido aún va a tardar al menos unos veinte minutos en llegar a su destino. Lo que ocurre es que el cerebro predice que, gracias a esa ingesta que ha detectado, la necesidad va a desaparecer en un futuro más o menos inmediato, y que por lo tanto puede permitirse desactivar la sensación de sed.
A nuestro cerebro le encantan las cosas que ya conoce porque le cuesta mucho menos predecir los posibles resultados de nuestras interacciones con el entorno y así puede reservar más energía para otros procesos vitales. En cambio, se estresa un poco cuando lo sometemos por ejemplo al desafío de viajar a un país desconocido o intentar expresarnos en un idioma diferente, porque lo obligamos a ejercitar esa maravillosa neuroplasticidad, a crear nuevas conexiones neuronales, a reconfigurarse y adaptarse.
Dice Lisa Feldman Barret:
Es metabólicamente costoso para un cerebro lidiar con cosas que son difíciles de predecir. No es de extrañar, pues, que la gente tienda a crear lo que se conoce como «cámaras de resonancia», rodeándose de noticias y opiniones que refuerzan lo que ya cree; ello reduce el coste metabólico y la incomodidad que comporta aprender algo nuevo. Desafortunadamente, también reduce las probabilidades de aprender algo que podría cambiar nuestra propia opinión.
No puedo evitar pensar en lo común que es esto de las cámaras de resonancia, especialmente en el ámbito de las redes sociales, terreno en el que las opiniones están cada vez más polarizadas en muchos temas, y en el que parece casi un paso necesario para nuestra salud mental el silenciar o bloquear a quienes piensan diametralmente opuesto a nosotros.
Pero estoy empezando a entender que a largo plazo lo más saludable para nuestro cerebro es exponerlo a tantos estímulos y oportunidades para adaptarse como nos sea posible. Y eso supone no solo estar abiertos a que nos lleven la contraria, sino además hacerlo con una actitud abierta y conciliadora, dispuestos a valorar puntos de vista distintos a los nuestros. Siempre y cuando estos se expresen con el mismo respeto que se reciben, claro está.
Así que me he propuesto desde ya convertir este tipo de choques ideológicos —ya sea virtuales o durante comidas familiares o con amigos— en oportunidades para enriquecer mi propio punto de vista, en lugar de empeñarme en querer convencer a los demás de que cambien el suyo. Escuchar con la intención de comprender en lugar de responder.
(Entre otras cosas porque ya sabes que soy un poco claustrofóbica y lo de estar encerrada en una cámara de resonancia, aunque solo sea en sentido figurado, me pone un poco nerviosa.)
Y porque, como dice esa cita atribuida al Dalai Lama: cuando hablas, solo estás repitiendo lo que ya sabes; pero si escuchas, puedes aprender algo nuevo.
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Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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