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Aprendiendo a disfrutar del camino

En esta carta te contaba que yo era de las que escogería el poder de teletransportarme si me dieran la oportunidad de elegir entre varios —aunque sigo trabajando en la opción más realista de ser capaz de concentrarme en una sola cosa cada vez—. Me encanta viajar y he tenido la oportunidad de hacerlo a menudo a lo largo de mi vida, y hasta ahora me había parecido un desperdicio de vida lo de pasar cuatro horas en un tren o diez en un avión sin hacer nada. Soy impaciente por naturaleza y quiero llegar cuando antes a mi destino. Como si las vacaciones no empezaran hasta que no pone uno el pie en donde sea que vaya.
Otras veces me asaltaba la fiebre de la productividad y me daba por llenar la tablet de episodios de series, o incluso me iba cargando con el portátil para ir adelantando trabajo. Lo que sea con tal de llenar las horas interminables de ese limbo de desconexión en el aire de un vuelo transoceánico.
Durante la pandemia he echado tanto de menos viajar, que las últimas veces que lo he hecho me he sorprendido a mí misma disfrutando del placer culpable de no hacer otra cosa más que mirar por la ventanilla. Una vez leí en algún sitio que cuando viajas lejos y vuelves, luego hay que esperar a que vuelva el alma —que por otra parte es la definición de jet lag más poética que he escuchado nunca—. Y cada vez estoy más convencida de que observar el cambio de los paisajes nos ayuda a trasladarnos de forma natural y a llegar con el estado de ánimo adecuado al sitio que nos recibe. Hay que dejar que la mente recorra el trayecto espiritual que hay de un lugar del mundo a otro, del mismo modo que reconocemos y respetamos la transición de una fase de nuestras vidas a otra.
Por eso ya no lleno las horas de tren o avión con películas, ni siquiera con libros. Y por eso te voy a pedir que me perdones si esta carta es más corta de lo habitual pero te escribo estas líneas en el tren, de camino al aeropuerto para volar a España, y me espera la ventanilla para poder despedirme en condiciones de mi adorada campiña inglesa.
Muchas gracias por leerme.
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Carmen

En los 90 las llamadas telefónicas de larga distancia estaban fuera del alcance de los bolsillos de los adolescentes, así que no nos quedaba otra que tirar de sobre y sellos para sentirnos siempre cerca de esos amigos que estaban lejos.

Como soy una nostálgica quiero recuperar de alguna manera la intimidad mágica de esas cartas. Y, si me dejas, pretendo colarme en tu buzón el primer y el tercer domingo de cada mes para compartir contigo mil anécdotas divertidas, confidencias, reflexiones e inquietudes.

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