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Leer y ver poesía (con las recomendaciones de Emanuel Bremermann)

La semana Afuera
La semana Afuera
Esta semana fue poética en Afuera: mientras Francisco Álvez Francese recorre la figura y parte de la obra del mexicano Xavier Villaurrutia, Jairo Rojas Rojs se deja guiar por Juan Ángel Italiano por la poesía visual uruguaya. Además, recordamos un artículo de Isabel Retamoso sobre el poeta, novelista, ensayista y crítico Al Alvarez, y disfrutamos de las recomendaciones semanales, esta vez de Emanuel Bremermann.

Lo nuevo ✨
Espejo de la noche: sobre la poesía de Xavier Villaurrutia
Mapa sobre la poesía visual uruguaya: sobre “Verbovisualidad oriental”, de Juan Ángel Italiano
Del archivo de Afuera 📖
Parasomia: sobre Al Alvarez – Afuera
Los recomendados de Emanuel Bremermann 🤠
Me gusta recomendar cosas que me hacen bien. Y en las últimas semanas, para mí, estar bien ha sido esto:
Nostalgia. Lo puedo decir: Solenoide, del rumano Mircea Cartarescu, es uno de los libros que más me impactó en los veintisiete años que llevo en el planeta Tierra. No sé qué esperaba de él, pero cada una de sus palabras me dejó atónito, obsesionado por la manera en la que alguien llega a escribir eso y así. Por eso, y como si de una especie de necesidad compulsiva se tratara, busqué la manera de rodearme de tantas historias de este señor como me diera el bolsillo. No son demasiados, pero conseguí Nostalgia, el libro de relatos que lo puso en el mapa, y estoy en plena lectura. Es fantástico. Cartarescu tiene una manera muy surrealista de mezclar sueños, realidades y episodios que en otras manos serían dudosos —¿cómo hacés para contar bien una escena de sexo que flota, o el momento en que Bucarest se eleva por los aires por culpa de una secta? Siendo Cartarescu, claro—, y los cuentos —más bien nouvelles— de este libro siguen ese tono. Es hipnótico, barroco, entreverado y no lo puedo soltar.
Old Joy. Todavía tengo entre mis pendientes de 2021 ver First Cow, la película de la estadounidense Kelly Reichardt (está en Mubi). Pero aunque no encontré tiempo para ella todavía, sí me hice un hueco para otra de sus películas, una de 2006, que se llama Old Joy. No pasa mucho, pero alcanza: dos amigos que hace tiempo que no se ven se reúnen y se van de camping a un bosque en alguna parte del norte de Estados Unidos. Entre el ruido de los árboles, unos baños termales y las fogatas silenciosas, vuelven a entender por qué se querían. Old Joy es chiquita, bienintencionada, luminosa y me hizo mucho bien un sábado de lluvia a la hora de la siesta.
Pig. Quiero mucho a Nicolas Cage, y lo quiero más cuando hace películas que valen la pena. Pig es la última, se encuentra “por ahí” y ya es de mis favoritas del año. Acá Nick interpreta a un barbudo harapiento que vive con un chancho en otro bosque estadounidense, y se dedica a buscar trufas en la tierra. Los problemas aparecen cuando el chancho, que en realidad es una chancha y además su mejor amiga, desaparece. Se la roban. Y lo que al principio parece ser una película del estilo de John Wick, donde lo que prima es la venganza y sobran las balas, se convierte en una de las manifestaciones más conmovedoras y emotivas que ha dado Cage y el cine indie estadounidense de los últimos años. Una joyita impensada, que nadie vio venir, que te deja con el corazón en la mano.
Martín Rejtman. Este año me declaré seguidor incondicional del argentino Martín Rejtman. No había visto nada de él y su humor apático, random, me conquistó. Reí mucho con Silvia Prieto —con la gran Rosario Bléfari—, con Los guantes mágicos —Valeria Bertucceli y Vicentico la rompen—, me gustó Rapado y la última que vi, Dos disparos, de 2014, me pareció brillante y, de nuevo, extrañamente graciosa. Todas estas películas están en Mubi. Dato extra: en Dos disparos tiene un papel Camila Fabbri, una autora argentina que quedó seleccionada en la lista de Granta como nuestro Gonzalo Baz, y que al parecer es buena en todo lo que hace. 
Okupas. Tenía 6 años cuando la emitieron originalmente, así que el fenómeno me pasó por el costado. Después, de grande, la escuché nombrar varias veces, pero tampoco le di demasiada importancia. Me había gustado mucho Pizza, Birra, Faso (1998), de Bruno Stagnaro, pero no tenía ganas de meterme en un mundo similar y que encima fuera una serie. Pero en las últimas semanas, con su llegada remasterizada a Netflix y el aluvión de textos que despertó, finalmente entré. Y la verdad es que me hizo muy feliz, me conmovió, me atrapó. Okupas habla de la calle, de las ruinas que dejó el menemismo, de un grupo de pibes que se la rebusca y se mete en líos, pero creo que incluso habla mejor de otras cosas: de la fraternidad, de lo que significa una familia cuando no hay lazos de sangre, del amor entre amigos, de las luchas espalda contra espalda, contra todo lo que se venga, pero juntos. Todavía tengo el último episodio trancado en el pecho. Es una de las mejores series del 2021, y se estrenó en el 2000. 
Algo prestado. Tengo un podcast, pero no escucho demasiados. ¿Por qué? No sé. Quizás prefiero ser fiel a un puñado de ellos y no fragmentar mi atención en todos los que se me crucen en el camino. Creo que me pasa algo parecido con las series. En fin: no escucho tantos podcast, pero me gustaría recomendar uno que sí sigo con atención, semana a semana, y es el de la periodista argentina Tamara Tenenbaum. Algo prestado se “sube” cada sábado y tiene una lógica que es más de programa de radio que de podcast: cuatro columnistas fijos se reparten los episodios del mes, y responden a la consigna de llevar algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado. Con perfiles muy diferentes, las charlas se disparan y se habla desde las teorías de Mark Fisher, la Guerra de los Bóers y mosquitos alterados genéticamente, hasta las andanzas de la Monarquía Británica y el K-pop. Todo muy entretenido, muy ecléctico, con esa frescura natural que tienen los argentinos y que, a veces, copiamos y nos sale bien. 
Un final. Es un incendio enorme, una bola de fuego que se traga una casa en el medio de un descampado, un brazo anaranjado y negro que se mezcla con la neblina de la mañana. Una familia ve, con las rodillas en el barro, como su universo se consume en las llamas. Llega una ambulancia. La casa se tambalea. Cae, se hace pedazos, sigue envuelta en el fuego. Es el final de El sacrificio (1986), la última película de Andrei Tarkovski, una imagen que se me prendió en la cabeza después de verla esta semana en Cinemateca (y que está en Youtube en tremenda calidad) y que no me puedo sacar de encima. Es un final estremecedor para una película que sacude las convicciones. Es el final que me gustaría dejar para estas recomendaciones. No es feliz, no es triste, es la conclusión. Y es el fuego.
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